jueves, 20 de julio de 2017

Cyrus Chestnut - Midnight Melodies (2014)


Últimamente he estado escuchando algunos discos del sello Smoke Sessions, que, como su nombre indica, se basa principalmente en grabaciones realizadas en el legendario club Smoke de Nueva York (aunque algunas otras son en estudio o en otras localizaciones). La línea del sello es como la del club: grandes nombres de la escena de la ciudad que practican un jazz más o menos straight-ahead, desde el hard-bop canónico a un jazz contemporáneo, aunque siempre arraigado en la tradición.

Muchos de los grandes nombres norteamericanos emergidos entre finales de los 80 y primeros de los 90 han encontrado aquí un buen sitio para sacar discos que, por los que he escuchado hasta ahora, van mucho más allá de grabar un concierto al azar y editarlo. Hay cierta sensación de planificación en los repertorios, y el sonido es extraordinario; todo lo que un buen directo ha de tener.

Este disco del gran Cyrus Chestnut, por ejemplo, me ha gustado particularmente. Chestnut uno de los pocos pianistas que se sale de la línea estilística dominante en su generación, y encuentra gran parte de sus raíces en el lado más negro de la tradición, con claras influencias del soul y el góspel. Mucho más personal y moderno de lo que podría parecer, en este disco Chestnut lidera un trío de élite junto a Curtis Lundy y Victor Lewis, y llena su repertorio de temas de uno de sus mentores, John Hicks, un enorme pianista que ejerció una gran influencia sobre él.

La semana pasada pude escuchar a Chestnut en directo de nuevo y se mantiene en una estupenda forma. Sigue siendo uno de los más ingeniosos y modernos neotradicionalistas afroamericanos, y este disco ha sido un gran reencuentro con él.

Mientras escribo esto suena uno de sus solos, esta vez en el segundo disco de Tim Warfield, A Whisper In The Midnight (Criss Cross, 1995), y es realmente brillante.

lunes, 3 de julio de 2017

Juan Claudio Cifuentes: una vida de jazz, una vida con swing (2017)

Conocí a Cifu en 1995. Yo tenía 18 años, él 54. Es un decir: obviamente yo ya le conocía, porque llevaba tiempo escuchando su Jazz porque sí en Cadena 100. Aquel programa, como Batería y contrabajo de Pío Lindegaard en Radio Euskadi y Esto es jazz de Paco Montes en RNE, eran los que me nutrían de discos y músicos de jazz de los que yo jamás había oído hablar en aquellos años. No había internet y los discos de jazz eran un bien raro y preciado; había que buscarse la vida, así que la radio era esencial

Por eso es por lo que aquella noche de 1995, mi amigo Asier Guerricaechevarria y yo vimos a Cifu y no dudamos en acercarnos a saludarle, impulsados por nuestra admiración. No recuerdo cómo fue, pero sí que en menos de dos minutos Cifu nos estaba hablando de Jackie McLean, su Action y los acordes de Bobby Hutcherson en el tema que abría el disco, con una pasión que me fascinó. La suya era una pasión que he visto en muy pocos profesionales de la comunicación musical, y tras varias décadas de carrera seguía indemne.

Mucho años después, cuando yo ya llevaba unos cuantos dedicado a la prensa musical, un par de veteranos de la crónica de jazz me dijeron que no estaba bien mostrar demasiada pasión; que eso era de aficionados. Que, cuando tenías cierto estatus, lo suyo era no dejarse impresionar por la música. Dicho de otra forma: había que mantener distancia y mirar desde cierta altura.
Pobres diablos, no entendían nada.

Escribí una columna sobre aquello en Cuadernos de Jazz y no pude evitar acordarme de aquel Cifu ilusionado que hablaba de música dos minutos después de que dos críos le asaltasen al entrar en un club de jazz. Quiero creer que yo tengo una pasión similar a la de Cifu, y que, si sigo escribiendo sobre música dentro de muchos años, esa pasión seguirá ahí. Todo lo demás es una puñetera patraña, porque no se puede escribir sobre música sin pasión. Bueno, claro que se puede, pero ya saben: se pilla antes al mentiroso que al cojo. Y esta actividad (ya no me atrevo a decir profesión) está llena de ellos.


Por todo eso, y por el enorme impacto que la pasión de Cifu hizo en mí, estoy muy contento de que haya llegado a mis manos este libro que acaba de salir sobre él. En un primer vistazo se ve que contiene abundante material fotográfico y docenas de testimonios y recuerdos de amigos, compañeros y familiares, recogidos por el autor del libro, Antoni Juan Pastor. Se ve también que es un trabajo de amor y admiración por el más emblemático divulgador del jazz que ha dado nuestro país.

Ahora que empieza la época de festivales de jazz de verano, en la que en tantas ocasiones me encontré con Cifu a lo largo de los años, tengo claro que esta es la lectura adecuada entre concierto y concierto.

miércoles, 28 de junio de 2017

Christian Scott y la conexión Treme (2012)

Artículo publicado originalmente en Muro de Sonido, blog musical de ELPAIS.com en octubre de 2012
Si ustedes han tenido oportunidad de ver la serie Treme (si no, se lo recomiendo encarecidamente), sabrán que es un colorido mosaico de personalidades, muchas de ellas con un gran componente musical, que confluyen en el Nueva Orleans post-Katrina. Considerada la cuna de varios estilos y una de las capitales musicales del mundo, Nueva Orleans es un escenario ideal para dejar cristalizar fusiones y crossovers, un entorno que, si no realmente mágico (obviemos todo esoterismo), sí tiene ciertos tintes mitológicos en cuanto al desarrollo de la música negra.
En Nueva Orleans, además, se cultiva la estirpe como credencial musical, poniendo un foco virtual sobre quienes portan determinados apellidos. Tal vez no sea tanto una cuestión sanguínea como de pura tradición, macerada y traspasada generación tras generación. La genética confirma que el talento no es hereditario y que la sangre o el origen no predisponen a generar aptitudes musicales de ningún tipo pero, el entorno es, sin embargo, un condicionamiento enorme. La mejor forma de que una persona desarrolle su potencial respecto a la música es hacer que se críe entre ella, rodeado de músicos en un ambiente creativo.
Eso es lo tuvo el joven Christian Scott, un entorno privilegiado. Como uno de los protagonistas de Treme, el trompetista Delmond Lambreaux (Rob Brown), se crió en ese Nueva Orleans que sigue siendo considerada la cuna del jazz. Scott, sin embargo, representa la nueva generación de una ciudad cuyos mayores exponentes jazzísticos siguen siendo conservadores neoclasicistas (capitaneados por los omnipresentes hermanos Marsalis). Con su último disco, “Christian aTunde Adjuah”, el trompetista cierra un círculo familiar que tiene en Treme cierta representación: empezó hace 20 años en Nueva York y culmina hoy, con algunos personajes de la serie y el paso adelante de un joven músico que, con todo el respeto por la tradición de la ciudad que le vio nacer, pretende seguir avanzando hacia el futuro. ¿Y qué tiene que ver el último disco de Scott con Treme? Aquí van las claves.
Delmond & Donald Harrison







En la segunda temporada de la serie (intentaré no destripar nada demasiado importante) el ya mencionado Delmond Lambreaux tiene una epifanía que le lleva a intentar desarrollar un experimento: juntar la tradición musical de los jefes indios del Mardi Gras con el jazz contemporáneo que practica con su grupo. Obsesionado con esa idea, convence a su padre, Albert Lambreaux (Clarke Peters), de que aporte las partes vocales de la tradición festiva, formando para la ocasión un grupo estelar en el que figuran Donald Harrison (otro hijo predilecto de la ciudad), Ron CarterCarl Allen y el famoso Dr. John, buque insignia, a su vez, de la música de la ciudad. A lo largo de la temporada se les ve grabar en repetidas ocasiones el tradicional “Hu-Ta-Nay” con un arreglo jazzístico y un infeccioso ritmo característico de Nueva Orleans.
Feels-like-rain-04-1024







En la serie plantean la idea como algo novedoso, una especie de fusión inexplorada, pero nada más lejos. Hace más de 20 años, en mayo de 1991, se grabó esa misma versión de “Hu-Ta-Nay” en los BMG Studios de Nueva York, con el histórico ingeniero Malcolm Addey a los mandos. El líder de la sesión y promotor original de la idea (en quien se basa el personaje de Delmond) no era otro que el propio Donald Harrison, que se interpreta a sí mismo en Treme, haciendo de cómplice del proyecto del joven Delmond (en una escena cargada de ironía, Delmond le dice a Harrison “no entiendo cómo no se le había ocurrido a nadie antes”). Como los personajes de la serie, Harrison permaneció en la ciudad tras la tragedia, y nadie mejor que él representa la determinación de una ciudadanía desmantelada que, sin embargo, no está dispuesta a rendirse. Pero el guiño no acaba ahí: el batería de la sesión original, Carl Allen, es el mismo que aparece en la serie y quien cantaba el tema era precisamente Dr. John, que en la serie participa como pianista. Junto a Dr. John, la voz principal en el disco original era, como en Treme, la del padre del líder: Big Chief” Donald Harrison Sr. Así, el paralelismo se completa: el disco que graban Albert Delmond Lambreaux en la serie fue grabado por Donald Harrison padre e hijo veinte años antes; y se llamó “Indian Blues”.
Donald-harrison-1992












Publicado originalmente por el sello Candid, en su portada aparecía el saxofonista ataviado con uno de los aparatosos trajes que lucen los jefes indios en el Mardi Gras, y llevaba el subtítulo “Mardi Gras Indians – The Guardians Of The Flame”. El disco, aunque interesante, no supuso la revolución que pretenden los personajes de Treme, pero rendía homenaje a la tradición y conciliaba esa distancia generacional que tan bien se explota en la relación entre padre e hijo en la serie.
¿Y qué tienen que ver Christian Scott y su nuevo disco con todo esto? Para empezar, Scott es sobrino de Donald Harrison Jr. y este fue, a su vez, su padrino musical, ofreciéndole la oportunidad de grabar a su lado cuando el trompetista sólo tenía 16 años. Primero en “Paradise Found” y después en el bizarro “Kind Of New”, reinterpretación del histórico “Kind Of Blue” en el que el joven trompetista se puso, sin titubear, en los zapatos del bueno de Miles Davis. Desde entonces, Scott ha desarrollado una activa carrera a base de ensayo y error, apostando por una estética moderna e influenciada por elementos ajenos al jazz que, cuando parecía que ya no daba más de sí, siguió afianzándose hasta instaurarse como un estilo muy personal.
Tras sus primeros pasos como líder, el pretencioso y fallido “Anthem” dio paso a la reivindicación de su proyecto en directo (“Live At Newport”) el boceto de madurez en “Yesterday You Said Tomorrow” y la culminación de todo su trabajo previo con “Christian aTunde Adjuah”, un mastodóntico doble CD que sitúa a Scott como una de las figuras del jazz de principios de siglo.
Scott sólo pretende ser fiel a sí mismo y al camino que ha elegido para expresarse. Asimila la tradición como una gran construcción sobre la que los músicos jóvenes deben seguir construyendo. Afirma que lo que hace es inherentemente jazzístico, pero no exclusivamente jazzístico. Habla de descripción y no de definición, puesto que esta última acota el objeto de estudio mientras que el anterior enfoque parte de la observación y admite su evolución. Así se presenta la música contenida en “Christian aTunde Adjuah”, como un compendio evolucionado de los planteamientos de su música hasta el momento, una recapitulación coronada por el inconfundible estilo del trompetista, entre el susurro de su tono y la intensidad casi dolorosa con la que afronta sus solos. 
Cuando Donald Harrison grabó su “Indian Blues” pretendía fusionar dos conceptos tradicionales para crear algo novedoso. Scott, por su parte, asimila lo que le rodea para entregar una música que se genera en su totalidad a partir de su propia persona. Jazz de autor en su máximo esplendor. Es difícil saber cómo tratara el paso de los años a sus planteamientos, pero nadie ha hecho historia en la música siendo precavido o jugando sobre seguro.
C. scott












Christian Scott cierra el círculo con un doble homenaje. En la portada de su último disco, como en el “Indian Blues” de su tío Donald, el trompetista luce orgulloso un traje indio del Mardi Gras mientras que la dedicatoria del álbum sentencia el relevo: “A la memoria de Clyde Kerr Jr. y Big Chief Donald Harrison Sr., familia, mentores y amigos. Me ayudasteis y enseñasteis a ser el heroe de mi propia experiencia, y por eso siempre estaré en deuda con vosotros”. En el jazz, la determinación del individuo es quien empuja la evolución.
Y mientras el viejo jefe indio se sumerge en la noche, entonando viejos cánticos tribales, la nueva música emerge, luminosa e incontenible. 

jueves, 22 de junio de 2017

David Murray with Dave Burrell - Windward Passages (1993; ed. 1997)


Mi debilidad por Dave Burrell va más allá de lo musical, debido a un concierto suyo a piano solo al que asistí cuando yo tenía 17 años y que, en cierto modo, me cambió la vida. Que la relación de Burrell con David Murray sea tan fecunda y longeva es también relevante, porque también siento debilidad por el saxofonista. Cada cierto tiempo los reescucho; a uno, al otro, o a ambos juntos, ya sea en los maravillosos cuartetos de Murray en los que militó Burrell, como en sus en sus encuentros a dúo.

Así que, volviendo sobre Burrell hace unos días empecé reescuchando dos de sus clásicos grabados a piano solo, Black Spring (Marge, 1977) y Windward Passages (Hat Hut, 1981). Este último es particularmente magistral y comparte título con el disco que protagoniza esta entrada, por motivos que no alcanzo a entender, ya que en el dúo con Murray no contiene ninguna pieza que se llame así, ni alusión alguna al título. Tampoco tiene mayor importancia; la cuestión es que reescuchando a Burrell en solitario, lo uno llevó a lo otro y desemboqué en este disco.

De los cuatro discos a dúo que Murray y Burrell tienen publicados Windward Passages es posiblemente el mejor. O, al menos, en el que ambos músicos están más inspirados. Todos los demás son extraordinarios también, Daybreak (Gazell, 1989), In Concert (Victo, 1992) y Brother to Brother (Gazell, 1993); pero este, publicado por el sello italiano Black Saint, merece una mención aparte, aunque solo sea por las dos escalofriantes versiones del clásico "Naima" de Coltrane que contiene. 

No exagero si digo que ambas versiones rivalizan en profundidad y sensibilidad con la original del maestro. Y, lo sé, esto son palabras mayores, pero no lo digo por decir.

domingo, 18 de junio de 2017

Jimmie Lunceford - The Complete Jimmie Lunceford 1939-40


La gente se olvida a menudo de Jimmie Lunceford. ¿Cómo es posible?

Ellington y Basie comparten el podio, claro, pero mi favorito de la era dorada de las big bands sigue siendo Lunceford. No recuerdo cuándo fue la primera vez que escuché a su orquesta, pero sí que sentí un flechazo inmediato por su incontenible swing y esa sofisticación que hacía que la orquesta, más que sonar, flotase.

Por no hablar de los solistas, Willie Smith, Joe Thomas, Trummy Young, Snooky Young, Eddie Tompkins o un joven Gerald Wilson, entre muchos otros, o de los arreglos de tipos como Billy Moore, Eddie Durham o el genial Sy Oliver.

La orquesta de Jimmie Lunceford, amigos. No se puede explicar: hay que escucharlo.

domingo, 4 de junio de 2017

sábado, 22 de abril de 2017

Johnny Dodds - New Orleans Stomp (1926-27)


Hace exactamente 90 años, el 22 de abril de 1927, el fabuloso Johnny Dodds grabó en Chicago un puñado de piezas junto a sus Black Bottom Stompers, entre las que se encontraban gemas como "Wild Man Blues" o "Weary Blues".

En esa formación coincidieron discograficamente por primera vez Louis Armstrong y Earl Hines, meses antes de la incorporación del pianista a los Hot Five de Armstrong, completando el grupo Roy Palmer, Bud Scott, el gran Baby Dodds y un joven saxo tenor que por entonces tocaba con King Oliver, llamado Barney Bigard. Y, por supuesto, el propio Johnny Dodds.

90 años de esta sesión, y sigue sonando tan gloriosa como entonces. En este disco hay muchas más, como las grabaciones de Dodds para Brunwick y Vocalion realizadas en 1926 y 1927, todas ellas muy recomendables.

Música como esta es la que me hizo amar el jazz cuando lo descubrí en mi adolescencia, a primeros de los años noventa, y hoy sigue resultándome igual de excitante .

sábado, 8 de abril de 2017

Hyper + Amir ElSaffar - Saadif (2016)


Poco a poco, y en gran parte gracias a sus excelentes discos para Pi Recordings, el nombre de Amir ElSaffar está adquiriendo el reconocimiento que merece. El trompetista norteamericano está construyendo un lenguaje muy personal mediante la asimilación de sus raíces iraquíes y su incansable estudio de las tradiciones árabe y otomana, que fusiona con el jazz como pocos.

El año pasado, el trompetista publicó colaboraciones con dos formaciones europeas, siendo la primera de ellas este estupendo encuentro con el trío italiano Hyper+, compuesto por tres excelentes improvisadores: el saxofonista Nicola Fazzini, el bajista Alessandro Fedrigo y el baterista Luca Colusi.

Grabado tras una gira por Italia en noviembre de 2015, Saadif contiene un muestrario muy equilibrado de la colaboración entre Hyper+ y ElSaffar: los originales del trompetista se intercalan con los de Fazzini y Fedrigo sin ninguna fricción, pasando con naturalidad de los cantos árabes que abren “Kosh Reng" o “13th of November” a las intrincadas líneas m-base de “Futuritmi", o la particular aproximación a Coltrane que muestra el “Hyper Steps" de Mazzini.

ElSaffar y Fazzini se entienden a la perfección con el bajo acústico fretless de Fedrigo y la batería de Colussi, y todo el disco desprende un aire muy democrático, haciendo que suene más a proyecto firme que a colaboración puntual. Así, la confluencia intercontinental de este Saadif trasciende el experimento y se descubre como un proyecto que merece futuras entregas.


El disco está editado por nusica.org, una asociación sin ánimo de lucro que promueve la música en el ámbito cultural. Saadif no se puede comprar, pero haciendo una donación de al menos 13€ a la asociación, recibirás el CD como regalo

domingo, 2 de abril de 2017

Black Arthur Blythe - Bush Baby (1977)


El pasado 27 de marzo falleció Arthur Blythe, uno de los grandes saxofonistas emergidos de la escena afroamericana de los años 70, poseedor de uno de los sonidos de saxo alto más personales de la historia del jazz.

Recuerdo que durante años, cada vez que, estando fuera de España, me encontraba con una buena sección de segunda mano en una tienda de discos, los de Blythe siempre estaban entre mis objetivos prioritarios. Eran discos difíciles de ver en nuestro país, en general, muchos de ellos ni siquiera reeditados en CD, y todos los grandes nombres de la “generación de los lofts”, entre los que está Blythe, siempre se mantienen en mi punto de mira. Este disco, por ejemplo, lo compré en el ya legendario Jazz Record Center de Nueva York, regentado por el no menos legendario Fred Cohen. Fue verlo y decirme: mío. Y no fue el único.

Directamente cocinado en aquella escena de finales de los 70, en este disco Blythe lidera una formación atícipica, aunque muy suya: su saxo alto, Bob Stewart en la tuba y Ahkmed Abdullah (nada que ver con el trompetista) en la conga, primer esbozo del formato trío que mantendría muchos años después, con saxo, tuba y batería.

La comunicación entre los tres músicos es soberbia, especialmente entre Blythe y Stewart, que más que acompañar dialoga con el saxo del líder, con la conga envolviendo las líneas cruzadas y las ingeniosas improvisaciones que ambos vientos construyen a partir de las composiciones y arreglos de Blythe.

Bush Baby es un auténtico prodigio de jazz de cámara que discurre libre, con un swing muy personal, que rezuma tradición negra y ese rupturismo que Blythe y otros grandes músicos de su generación supieron desarrollar para reinventar algunos aspectos del jazz hace 40 años.

Su pérdida es la de un gigante de esta música, que personalmente nunca me cansaré de reivindicar.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Mark Solborg & Herb Robertson - Tuesday Prayers (2014; ed. 2016)


Esta grabación es un ejemplo perfecto de la importancia del espacio en el desarrollo de la música improvisada. La vieja iglesia Koncertkirken en Copenhague no es un simple escenario en Tuesday Prayers, sino un elemento imprescindible en la creación de la música registrada en este disco.

No era la primera vez que Mark Solborg y Herb Robertson tocaban juntos, algo evidente escuchando la forma en la que se comunican: además de su primer disco a dúo, el muy recomendable NOD (ILK, 2009), en su segunda colaboración discográfica, The Trees (ILK, 2013), Solborg expandió su trío habitual junto a Mats Eilertsen y Peter Bruun con Robertson y el legendario Evan Parker, nada menos.

De hecho, justo antes de grabar en directo este Tuesday Prayers, Robertson y el trío de Solborg habían acometido tres conciertos en menos de 24 horas, lo que sin ninguna duda les había dejado exhaustos. Tal vez eso tenga que ver en la sugerente tensión contenida que escuchamos en el disco, que envuelta en la acústica majestuosa de Koncertkirken alcanza momentos realmente mágicos.

El disco se divide en dos, con una corta introducción de dos temas grabados antes del concierto (probablemente en la prueba de sonido), agrupados bajo el epígrafe "Preparations", y el concierto en sí, que a pesar de su brevedad (poco más de 35 minutos), no tiene un momento de flaqueza.

No es habitual de escuchar un dúo de trompeta y guitarra (complementado con flauta y varios artefactos) que suena tan compenetrado y redondo como el de Solborg y Robertson, como no es tan fácil escuchar tantos discos en este formato con una belleza tan indiscutible.

Sea por el entorno, por la camaradería y la compenetración de los músicos, o por el estado generado por la adrenalina y la energía del directo en las horas previas a la grabación, lo cierto es que Tuesday Prayers es una auténtica maravilla.



Tanto este disco como los otros discos de Mark Solborg comentados en el texto se pueden comprar en la web del sello ILK Records 

sábado, 18 de marzo de 2017

Donald Brown - Piano Short Stories (1995)


De la gran generación de pianistas surgidos en los años 80, Donald Brown es sin duda uno de mis favoritos. Heredero de la tradición de Memphis, desde Phineas Newborn a su amigo y mentor, el gran James Williams, Brown es un pianista y compositor de enorme personalidad.

La primera vez que escuché un disco suyo a piano solo me volvió loco; era The Classic Introvert, una preciosa sesión grabada en 1997 en la que Brown se concentraba en composiciones originales.

Piano Short Stories, su primer disco a piano solo, se grabó en la parte de atrás de de una tienda de pianos Steinway en la que Brown acababa de ofrecer un concierto. Tal y como cuenta Pascal Anquetil en la carpetilla del disco, tras el recital, y ya sin público, Brown pidió que pusiesen unos micrófonos al y desgranó un puñado de piezas en un contexto de distensión total (los aplausos al final de “Take The ‘A’ Train” indican que ese tema, al menos, se grabó durante el concierto; por cierto, hay en youtube un video de esta interpretación en concreto, cuyo visionado recomiendo encarecidamente a pesar de la calidad de una videocámara de la época).

La información del disco es confusa ya que indica como fecha de grabación los días 28 y 29 de febrero de 1995, y 1995 no fue año bisiesto. Sea como sea, esa distensión en el pianista es real y hace que el disco suene muy especial y cercano. 

Aparte de cinco originales, el pianista ejecuta algunos standards con un estilo y un ingenio terribles, dando nueva vida a temas como “On Green Dolphin Street”, “Dolphin Dance”, “I Mean You” o “Take The ‘A’ Train”.

¿Suena a aburrido disco de standards? Nada más lejos de la realidad: Donald Brown es the real thing. Un puñetero maestro

domingo, 12 de marzo de 2017

Tigran Hamasyan - Luys i Luso (2015)


(Texto publicado originalmente en El País el 11 de noviembre de 2015) 

No es nada nuevo volver la vista atrás cuando el objetivo es ir hacia adelante. Gran parte de la historia de las vanguardias en la música se ha construido sobre la tradición, algo que, en el caso del pianista armenio Tigran Hamasyan, ha sido una auténtica constante. En mayor o menor medida, toda su discografía ha estado impregnada de sonidos importados de la tradición folclórica de su país, una raíz que ha cultivado a través de diferentes prismas, desde el acercamiento más ortodoxo de New Era o A Fable a la simbiosis con rock y electrónica en Shadow Theater o Mockroot.

En aras de ese anhelo de fusión, y a pesar de lo manido del lema, hay que decir que Luys i Luso es el disco de Tigran Hamasyan que todos estábamos esperando: una grabación muy valiente en la que música vocal religiosa, folclore armenio y jazz se entrelazan en perfecta sintonía, alcanzando un equilibrio inimaginable entre lo secular y lo contemporáneo. Hamasyan parte de un puñado de obras religiosas armenias, escritas entre el siglo cinco y el veinte, y se plantea dos retos: por un lado, arreglar obras de tradición monofónica para un coro polifónico y, por otro, integrar en ellas un piano con intención jazzística, pero sin renunciar al carácter folclórico de las melodías. En la unión de estos patrones está el sentido tan vanguardista del disco, el que lo convierte en una obra colosal. En Luys i Luso, Hamasyan consigue convertir un sharakan de más de diez siglos en una obra personal, desafiando la forma sin llegar a salirse de ella, y negándose a escribir las partes de piano, que son improvisadas sobre las suntuosas polifonías tejidas por el Coro de Cámara Estatal de Ereván.

Un disco así solo podía salir en un sello como ECM, que ha cuidado cada detalle al máximo, desde la grabación en la capital armenia, producida por Manfred Eicher, hasta la deliciosa edición con un libreto que incluye versión bilingüe de las letras y documentación sobre los manuscritos originales. 

Entonces, ¿esto es un disco de música sacra vocal o de jazz? En realidad es ambas cosas pero, sobre todo, es un disco de Tigran Hamasyan. Echando un vistazo a su inquieta carrera esta última década nadie diría que tiene solo 28 años, una precocidad que ya ha superado los tópicos del niño prodigio. Hamasyan es un pianista de jazz, sí, pero también afirma sin dudar que su sueño era tocar la guitarra en una banda de thrash metal, y habla con la misma devoción de jazzistas como Jason Moran o Herbie Hancock que de Black Sabbath, Tool o la banda de metal extremo Meshuggah. Solo un talento permeable a sonidos tan dispares podría haber grabado un disco tan atemporal como este.


martes, 28 de febrero de 2017

Joe McPhee - Graphics (1977)



Después de escucharlo de una sentada (es un doble LP), estoy bastante fascinado con este disco.

Lo compré hace años en Harold Moores Records, una de mis tiendas de discos favoritas en el mundo, y no recuerdo haberlo vuelto a escuchar desde entonces. Hoy lo he puesto de nuevo y, madre mía, Joe McPhee en solitario. Es tremendo lo creativo que es, tanto con el soprano como con el tenor, la corneta o lo que se ponga por delante. Fascinado me tiene, y no es la primera vez.

Grabado en Paris en dos conciertos distintos, los días 11 y 12 de junio de 1977, Graphics es un catálogo de exploración instrumental y expresividad musical por parte de un músico que siempre resulta soberbio.

Creo recordar que uno de los primeros discos de saxo solo que disfruté intensamente fue precisamente Tenor de McPhee, hace ya mucho tiempo. Es un formato árido, pero con músicos como este, o Steve Lacy, por ejemplo, la recompensa siempre está garantizada.

viernes, 17 de febrero de 2017

V/A - "Alexander, Where's That Band?", Paramount Recordings, Chicago, 1926-28


Este disco llegó a mí por pura casualidad. Pero el cómo es lo de menos. La cuestión es que, una vez en mis manos, escruté atentamente el tracklist y me dije "madre mía, no conozco una sola banda".

El disco llegó a mí por casualidad, sí, pero el motivo no fue fortuito: la clave es que es una edición de Frog Records, que es lo que me interesó desde el primer momento. Yo andaba a la caza de unas grabaciones que quería de mi amado Johnny Dodds, publicadas por Frog, y me encontré con esto en las manos.

El pequeño sello británico es decano en la arqueología jazzística, y en su reducido catálogo hay auténticas joyas de los primeros tiempos del jazz. Este disco no es menos. Compila 26 pistas grabadas para Paramount en Chicago entre 1926 y 1928, exquisitamente remasterizadas por el gurú John R.T. Davies.

Según escribo esto suena la deliciosa corneta de Andrew "Big Babe" Webb en dos pistas grabadas por los Wilson's T.O.B.A Band. Ni idea de quién es ninguno de ellos, pero juro que es una puñetera maravilla. Los albores discográficos del jazz están llenos de nombres legendarios, lo que no quita que hubiera decenas de músicos interesantes, menos registrados y, por lo tanto, menos conocidos.

Suena ahora un solo de saxo bajo (¡!) de John Williams, que lidera un combo llamado Synco Jazzers, a principios de 1927. Y la excelencia no decrece.

26 temas. 10 bandas. Sin desperdicio. Y esa fantástica sensación de que, por mucho que uno haya escuchado, siempre quedan cosas por descubrir.

otros días, otros discos

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